La búsqueda de la protección para la tierra es la acentuación moderna del antropocentrismo. Cuando un ciudadano común toma una perspectiva en favor de la tierra no está imaginando si quiera empezar una transformación en su forma de vivir, sino que tiene los ojos puestos todavía en su vida actual, es un perfecto realista, está con los pies en el cemento: “Necesitamos proteger a la tierra, por que de lo contrario, ¿a quién podremos dominar?, ¿cómo sobrevivirá la ciudad, nuestros lujos, nuestras comodidades, nuestra economía?”. Esto por que él sigue pensando que la vida consiste en la producción de mercancías. El ciudadano común considera que la tierra es una fuente de recursos, como lo es una fábrica, un conjunto de objetos más que existe únicamente a su servicio, que él es el dueño de todo. Así que no es raro que la destrucción de la tierra y el agotamiento de los recursos vitales para el mantenimiento de la ciudad sean temas que le preocupen. Lo cierto es que a los civilizados jamás podrá interesarles un cambio verdadero, por que un cambio verdadero implica que dejen de ser civilizados, y que absolutamente toda la maquinaria que ha sido producida por la civilización, todas las posesiones que los esclavizan, dejen de funcionar.
Y ellos no quieren que eso suceda, irónicamente están luchando para evitarlo. Ellos prefieren resolver algunos problemas de la civilización, los más visibles, los que moralmente son condenables en el propio lenguaje civilizado. Ellos dicen:
“Cerremos el caño, para que el agua (que le robamos a la tierra fértil y que modificamos para alimentar a nuestra ciudad que no produce más que cemento y plástico) no se agote. Plantemos más árboles (para que así podamos compensar los daños, tengamos prestigio y nuestra contaminación pueda seguir prolongándose. Obliguémosles a convivir rodeados de cemento, como adornos para nuestras grises ciudades). No tires papeles al suelo (por que eso evidencia el problema: esconde la basura en tachos, para que la ciudad se vea limpia, aunque no lo sea, y sea agradable estéticamente. Que sea un espacio deseable para vivir). Recicla (y cuanto más recicles nos evitas el problema de tener que deshacernos de la basura. Recicla, todo lo que quieras, pero nunca dejes de comprar, de seguir consumiendo. Eso nunca). No comas animales (pero consume productos –así no los necesites- que hayan sido fabricados a partir de su explotación pero que no lo hagan visible. Absolutamente TODO el sistema de producción está sustentado de la explotación: de la tierra y de todas las especies domesticadas, incluyendo la nuestra) consumirlos aumenta el agotamiento de agua (nosotros no somos los culpables, el culpable eres tú) los animales (tus mascotas) también sienten. Recuerda que cuando proteges la naturaleza estás protegiendo el futuro de tus hijos (y tus hijos serán el futuro de la futura sociedad civilizada, ellos también podrán progresar, la producción de máquinas podrá mantenerse y la sociedad industrial podrá expandirse ilimitadamente). Utiliza la bicicleta (entretente e imagina una vida sin coches, pero no olvides que debemos seguir produciendo tecnologías cada vez más depredadoras, estudia y trabaja para ello, incluso puedes acudir a tus centros laborales en bici) los médicos lo recomiendan, es saludable (y necesitamos que tengas un buen estado de salud para que sigas produciendo y consumiendo nuestros productos)”.
Esto es lo único que los civilizados, los ciudadanos más preocupados, generalmente grupos relacionados a proyectos por el cuidado del medio ambiente, nos dicen (y también lo que no, aquello que no suele revelarse, probablemente por la represión del conocimiento debida al temor al cambio o el hecho de ser vistos como incoherentes. Este aspecto, de la incoherencia, también es importante reconocerlo, por que nos insta a perseguir nuestros objetivos: no somos incoherentes por que nosotros lo deseemos así, sino por que la ciudad nos impone, de la manera más autoritaria y asfixiante, roles que son antagónicos a nuestros deseos y el desarrollo de la totalidad de la vida. La realidad no nos ofrece ninguna expectativa de vida, es opuesta a todo aquello que nosotros deseamos, merece ser transformada radicalmente).
Todos los argumentos, concientemente o no, de los ciudadanos están centrados en un objetivo común: mantener la civilización. Es lógico que para ello necesiten también que la naturaleza pueda beneficiarlos, ese es el único interés de la defensa del medio ambiente. En realidad, ellos están defendiendo SU medio ambiente, el que han creado: la ciudad. La civilización es un proceso destructivo, que tiene fin, ellos sólo quieren prolongar su existencia.
7/30/2008
7/21/2008
Mira lo que tienes por vida: todas las rutinas, todas las obligaciones, todo lo que tienes que hacer para mantenerla, aunque no lo quieras. Todo lo que haces en contra de tu voluntad es todo lo que haces en contra de tí.
Tu vida real es una miseria. Por eso los momentos más bellos son aquellos que sueñas, pero ellos también son interrumpidos por que tienes que cumplir con los horarios que te han sido impuestos, y “vivir”, vivir una pesadilla.
Viajas cuando no lo deseas, hacia espacios que realmente te desquician pero viajas inmóvil, postrado en el asiento de un aparato que transporta a más gente, que no conoces, gente tan aburrida como tú. No hay posibilidad de dejar que la vida fluya por que todo está mecanizado. No hay posibilidad de crear caminos, por que el cemento se ha apropiado de todo.
Los tiempos libres son parte de las obligaciones y tus juegos son controlados por el reloj, y su sistema dictatorial, o por videojuegos que te mantienen aún más pasivo. Tu vida es un videojuego. Fíjate bien, en verdad no eres tú, todos tus movimientos han sido programados, tú sólo puedes apretar botones, detrás de una pantalla.
Sabes que odias esta vida, que no la quieres, que te estresa, y sabes también que aquello que amas realmente no te lo puede ofrecer la televisión ni los productos del supermercado, ni nadie más que no seas tú mismo. Sabes que no estás actuando como más quisieras, sino como exponen los roles de ciudadano modelo, que estás siguiendo un manual, roles y normas de conducta, lo sabes, sabes que no eres tú mismo.
Tu vida real es una miseria. Por eso los momentos más bellos son aquellos que sueñas, pero ellos también son interrumpidos por que tienes que cumplir con los horarios que te han sido impuestos, y “vivir”, vivir una pesadilla.
Viajas cuando no lo deseas, hacia espacios que realmente te desquician pero viajas inmóvil, postrado en el asiento de un aparato que transporta a más gente, que no conoces, gente tan aburrida como tú. No hay posibilidad de dejar que la vida fluya por que todo está mecanizado. No hay posibilidad de crear caminos, por que el cemento se ha apropiado de todo.
Los tiempos libres son parte de las obligaciones y tus juegos son controlados por el reloj, y su sistema dictatorial, o por videojuegos que te mantienen aún más pasivo. Tu vida es un videojuego. Fíjate bien, en verdad no eres tú, todos tus movimientos han sido programados, tú sólo puedes apretar botones, detrás de una pantalla.
Sabes que odias esta vida, que no la quieres, que te estresa, y sabes también que aquello que amas realmente no te lo puede ofrecer la televisión ni los productos del supermercado, ni nadie más que no seas tú mismo. Sabes que no estás actuando como más quisieras, sino como exponen los roles de ciudadano modelo, que estás siguiendo un manual, roles y normas de conducta, lo sabes, sabes que no eres tú mismo.
7/13/2008
Espacios muertos
Todas las instancias de la vida están infectadas por el sistema: no sólo el tiempo del trabajo, sino también el de ocio, dentro y fuera de la cama y de la fábrica; no sólo culturalmente, en sus centros de domesticación y sus calles llenas de propaganda publicitaria sino también de manera práctica, en la vida cotidiana, con seres vivos vendiéndose unos a otros, cumpliendo roles y facetas, defendiendo objetos y conviviendo como si también fuesen objetos; no sólo con lo que se piensa, ni con lo que se pretende, sino también con lo que se hace, incluso hasta cuando se fracasa, cuando la gente no se adapta, lo lamenta, y busca la forma de ser un bombero del sistema para resolver sus problemas. Aunque unos lo oculten más que otros, todos los caminos están destinados a lo mismo: Producir para el sistema. Nadie quiere parar. Se puede llorar, se puede morir, se puede incluso dejar de sentir, y de eso se trata, pero nunca dejar de producir, nunca dejar de progresar, de trabajar, de acumular, de comprar, de poseer, de vender, de adquirir estilos de vida, de planificar rutinas, de controlar cada minuto de una vida ya muerta en lugar de crear situaciones jamás conocidas, en lugar de sentarse y mirar simplemente como el color del cielo cambia, o de levantarse y experimentar lo que es correr sin mayor expectativa que la de sentir las aceleraciones del pulso, de flexionar el cuerpo, de ver más gente corriendo alegremente y transpirar con ella. Pero no. Hemos elegido dejar de crear caminos para subir al autobús y dirigirnos a los mismos destinos de siempre, hacia los mismos lugares, con la misma gente, en busca de lo mismo. Esta vida no es más que una repetición de situaciones. Sólo se respira trabajo y consumo. Vivir ya no es satisfactorio, estamos obligados a respirar.
Bajos estas condiciones ningún suspiro de libertad es posible. Ningún rincón del sistema puede ofrecer más que opresión y aburrimiento, ninguna alegría, sólo odio, rabia y deseos de acabar con cuanto muro se presente. Nada. Un policía sonriente también merece ser golpeado, hasta que se quite la máscara. No existe un solo lugar donde pueda respirarse, donde pueda sentirse un aroma de libertad, al menos no del modo como nos los presentan, pero puede gozarse de momentos, sólo aquellos que crea uno mismo, de situaciones creativas, cuando estos espacios, aquellos que más se odia, son transformados en aquellos que más se aman. El sistema no nos puede ofrecer un ambiente propicio para vivir, menos para combatirlo, somos nosotros quienes hemos de crearlo. Empezamos con nosotros mismos, con nuestros propios cuerpos como espacios dispuestos a experimentar sucesos eróticamente revolucionarios, como paraísos sin fronteras donde se conspiran las futuras ruinas de Babilonia. Desde dentro, todo lo que nos queda, lo que queremos ofrecer a quienes intentan organizar nuestras vidas y proteger nuestros cuerpos: vómitos incontrolables que desaten la insurrección.
Bajos estas condiciones ningún suspiro de libertad es posible. Ningún rincón del sistema puede ofrecer más que opresión y aburrimiento, ninguna alegría, sólo odio, rabia y deseos de acabar con cuanto muro se presente. Nada. Un policía sonriente también merece ser golpeado, hasta que se quite la máscara. No existe un solo lugar donde pueda respirarse, donde pueda sentirse un aroma de libertad, al menos no del modo como nos los presentan, pero puede gozarse de momentos, sólo aquellos que crea uno mismo, de situaciones creativas, cuando estos espacios, aquellos que más se odia, son transformados en aquellos que más se aman. El sistema no nos puede ofrecer un ambiente propicio para vivir, menos para combatirlo, somos nosotros quienes hemos de crearlo. Empezamos con nosotros mismos, con nuestros propios cuerpos como espacios dispuestos a experimentar sucesos eróticamente revolucionarios, como paraísos sin fronteras donde se conspiran las futuras ruinas de Babilonia. Desde dentro, todo lo que nos queda, lo que queremos ofrecer a quienes intentan organizar nuestras vidas y proteger nuestros cuerpos: vómitos incontrolables que desaten la insurrección.
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