La vida, aquella apasionante travesía llena de todas las posibilidades, de exploración, de creación. Aquel sueño ininterrumpido que se escribe con cada latido del corazón, con cada beso robado en la oscuridad, con cada espacio mágico por donde se deslizan los rostros de los niños salvajes, sus travesuras y sus risas.
La vida, desafiante, rebelde, danzante subversiva, sorpresiva, encantadora comediante que se disfraza de viento y que viaja por nuestras venas, que nos refresca, que nos calienta, que nos seduce para seguir viviendo, sin pensar en ella; que nos regala el aire, el fuego y la primavera.
La vida, nos abraza mientras se pierde en el mar, jugando con la luna, con el brillo solar, mientras corre sobre la hierba, sin dirección aparente, mientras rompe las cadenas, las cadenas de las mentes. La vida, traviesa y ebria, esconde los tesoros que jamás serán encontrados, en los bolsillos rotos de piratas, en los dientes de corsarios.
La vida, dulce bestia que nos llena la piel de mordiscos amorosos, que susurra y conspira durante las noches prohibidas de la ciudad máquina, para quitarle las pilas a los relojes, para burlarse de sus pésimos imitadores: amantes de la fábrica, asesinos de sueños y aburridos trabajadores.
La vida es la la hierba que crece sobre el asfalto, los ludditas que sabotean las máquinas, los árboles que caen, pero encima de los supermercados. La vida eres tú, cuando dejas de ser cosa, cuando te quitas las esposas, las cadenas que te atan, los precios, las marcas, el código de barras.
5/27/2008
La revolución...
La revolución es un acto voluntario. Aquel que obliga a otro a realizar una acción en lugar de hacerla por si mismo, o aquel que lo hace en representación de otro, niega la posibilidad de inicar Revolución alguna. La revolución es un acto contra toda forma de obligación y obediencia.
Ya no se trata del reconocimiento de la historia como un ente de dominación que se encuentra por encima de los individuos, que han de cumplir los roles inmutables designados en el pasado, sino de su transformación en el aquí y ahora.
Ya no se trata de la tarea revolucionaria, de la lucha social, como algo separado de la vida, como un trabajo enajenado, correcto y disciplinado o como una aburrida profesión, se trata de la vida misma, de recuperarla y hallar placer a cada momento que vayamos creando.
Quizás incluso sea una cuestión existencial: Lo que el sistema nos quita no son solamente lo que producimos, sino la vida que se nos va produciendo; entonces la revolución no es una simple reapropiación de productos, del control de medios de producción, sino de la recuperación necesaria y desesperada de nuestras vidas.
Ya no se trata del reconocimiento de la historia como un ente de dominación que se encuentra por encima de los individuos, que han de cumplir los roles inmutables designados en el pasado, sino de su transformación en el aquí y ahora.
Ya no se trata de la tarea revolucionaria, de la lucha social, como algo separado de la vida, como un trabajo enajenado, correcto y disciplinado o como una aburrida profesión, se trata de la vida misma, de recuperarla y hallar placer a cada momento que vayamos creando.
Quizás incluso sea una cuestión existencial: Lo que el sistema nos quita no son solamente lo que producimos, sino la vida que se nos va produciendo; entonces la revolución no es una simple reapropiación de productos, del control de medios de producción, sino de la recuperación necesaria y desesperada de nuestras vidas.
5/15/2008
Contra la Paz
Hoy, al igual que ayer, se cuestiona la existencia de guerras entre países, pero no se cuestiona la guerra entre seres humanos dentro de cada país. Ni si quiera se cuestiona que la división territorial, las naciones y las patrias, son producto de las guerras y que mientras existan no harán otra cosa que seguir promoviéndolas (dentro o fuera de los límites que impongan).
Quien pide paz dentro del sistema, quien pide paz al gobierno, se lo está pidiendo por que precisamente son estos quienes se sostienen en base a la guerra y su autodeclarada autoridad para utilizarnos como fichas de ajedrez en sus múltiples tableros de producción, pero sobre todo, se está negando la oportunidad de declarar la guerra a sus verdaderos enemigos: aquellos que le imposibilitan no solamente la paz sino la Libertad y le condenan a la más miserable sumisión de tener que mendigarla.
Esta búsqueda desesperada por la paz no es otra cosa que producto del miedo que esconde una vida de constante frustración y delegación de cada decisión de la vida a la autoridad, al padre con el látigo en la mano, al profesor o auxiliar con el registro de notas como chantaje, al psicólogo con el título y sus años de estudio de salud mental, al cura con su Biblia, sus prohibiciones y penitencias. Todos reflejan al policía, ante el que nos vemos obligados a bajar la mirada y desprender sudor de la espalda, con todas sus armas, leyes y cárceles que lo posicionan como un ser todopoderoso capaz de resolver los problemas de los demás y sin el cual sería imposible vivir. Cuando defendemos la paz, estamos defendiendo la paz que nos puede ofrecer un policía armado. ¿Alguien se traga ese cuento? Seamos sinceros: la única paz posible es matar al policía.
Para matar al policía, antes debemos acabar con el miedo que este ha creado para mantenerse. Perder el miedo significa dejar de pedir, abandonar todo aquello que nos mantiene atados a una serie de conductas fijadas e inmutables. Perder el miedo significa cuestionarlo todo, empezando por uno mismo, hasta matar al policía que vive con nosotros, que está reprimiendo nuestros instintos y deseos, ese policía podemos ser nosotros mismos. Perder el miedo hará que le declaremos la guerra a la paz.
Esta guerra no ha de ser realizada en ninguna fecha próxima, tampoco como consecuencia de una serie de discusiones burocráticas en función a desacuerdos de autoridad a autoridad. Esta guerra no busca apropiarse de nada, sino precisamente perderlo todo, empezando por el miedo impuesto por la cultura. Esta guerra tiene como bandera la muerte de todas las fronteras y como armas nuestros propios cuerpos. Esta guerra es la reapropiación de nuestras vidas.
Quien pide paz dentro del sistema, quien pide paz al gobierno, se lo está pidiendo por que precisamente son estos quienes se sostienen en base a la guerra y su autodeclarada autoridad para utilizarnos como fichas de ajedrez en sus múltiples tableros de producción, pero sobre todo, se está negando la oportunidad de declarar la guerra a sus verdaderos enemigos: aquellos que le imposibilitan no solamente la paz sino la Libertad y le condenan a la más miserable sumisión de tener que mendigarla.
Esta búsqueda desesperada por la paz no es otra cosa que producto del miedo que esconde una vida de constante frustración y delegación de cada decisión de la vida a la autoridad, al padre con el látigo en la mano, al profesor o auxiliar con el registro de notas como chantaje, al psicólogo con el título y sus años de estudio de salud mental, al cura con su Biblia, sus prohibiciones y penitencias. Todos reflejan al policía, ante el que nos vemos obligados a bajar la mirada y desprender sudor de la espalda, con todas sus armas, leyes y cárceles que lo posicionan como un ser todopoderoso capaz de resolver los problemas de los demás y sin el cual sería imposible vivir. Cuando defendemos la paz, estamos defendiendo la paz que nos puede ofrecer un policía armado. ¿Alguien se traga ese cuento? Seamos sinceros: la única paz posible es matar al policía.
Para matar al policía, antes debemos acabar con el miedo que este ha creado para mantenerse. Perder el miedo significa dejar de pedir, abandonar todo aquello que nos mantiene atados a una serie de conductas fijadas e inmutables. Perder el miedo significa cuestionarlo todo, empezando por uno mismo, hasta matar al policía que vive con nosotros, que está reprimiendo nuestros instintos y deseos, ese policía podemos ser nosotros mismos. Perder el miedo hará que le declaremos la guerra a la paz.
Esta guerra no ha de ser realizada en ninguna fecha próxima, tampoco como consecuencia de una serie de discusiones burocráticas en función a desacuerdos de autoridad a autoridad. Esta guerra no busca apropiarse de nada, sino precisamente perderlo todo, empezando por el miedo impuesto por la cultura. Esta guerra tiene como bandera la muerte de todas las fronteras y como armas nuestros propios cuerpos. Esta guerra es la reapropiación de nuestras vidas.
5/09/2008
¡No pedimos nada!
No queremos elaborar, proponer, ni pedir mejores leyes. Tampoco pensamos que su incumplimiento sea el causante de la tragedia de nuestras vidas. Queremos –en el mejor de los casos- que no existan. O –en todos los demás- que sean desobedecidas, boicoteadas, ironizadas e incumplidas por cuanto impidan el desarrollo de nuestros deseos de libertad y alegría de vivir.
Ninguna nueva ley cambiará nada. Vivimos el mundo de las leyes y estas no funcionan. Y si funcionasen sería en contra de nuestra voluntad, al igual que hoy, de la manera más arbitraria o con una sociedad completamente hipócrita. Si las leyes funcionasen, sería en favor de si mismas o de quienes las manejan, no de nosotros. El cambio consiste en lo opuesto a lo que se busca comúnmente, es decir: en acabar con todas las leyes. Tampoco hemos de olvidarnos de quienes las manejan, de qué modo son distribuidas y asimiladas por la población, pero sobre todo los fines que persiguen.
El gobierno no puede aceptar ninguna ley que lo declare abolido. El sistema no se puede combatir legalmente. Legalmente sólo puede esconderse, ocultarse, mostrarse con nuevos disfraces, mutar cínicamente, acomodarse sin perder sus beneficios, maquillarse; ya que todas las leyes, y sus reformas, son armas del sistema.
Cuando defendemos las leyes como arma de transformación social es que, en realidad, estamos defendiendo nuestras cadenas. Queremos hacerlas más bonitas, más livianas, menos pesadas. Engañarnos. Fingir que algo cambia fuera, mientras todo sigue teniendo dueños y continuamos siendo acosados por la economía, obligados a pagar para vivir. Celebrar por una fiesta ajena, celebrar la participación voluntaria de nuestra propia esclavitud, la garantía de vivir en paz dentro de nuestras propias tumbas.
Pero no sólo eso. Cuando defendemos las leyes nos convertimos en piezas útiles para el rompecabezas social, económico y militar de quienes las manejan. Nos colocamos del lado de nuestros enemigos y sus instituciones de aburrimiento burocrático o decidimos barrer a algunos de ellos, únicamente por su condición simbólica y mediática, con sus propias escobas: Estado, Patria y Religión. La verdadera función de todo estado no puede ser otra que mantener el control de la población a través del miedo. La diferencia entre uno fascista y uno democrático es que uno es muy descarado y otro muy hipócrita. Al igual que todos aquellos que los defienden.
Ninguna nueva ley cambiará nada. Vivimos el mundo de las leyes y estas no funcionan. Y si funcionasen sería en contra de nuestra voluntad, al igual que hoy, de la manera más arbitraria o con una sociedad completamente hipócrita. Si las leyes funcionasen, sería en favor de si mismas o de quienes las manejan, no de nosotros. El cambio consiste en lo opuesto a lo que se busca comúnmente, es decir: en acabar con todas las leyes. Tampoco hemos de olvidarnos de quienes las manejan, de qué modo son distribuidas y asimiladas por la población, pero sobre todo los fines que persiguen.
El gobierno no puede aceptar ninguna ley que lo declare abolido. El sistema no se puede combatir legalmente. Legalmente sólo puede esconderse, ocultarse, mostrarse con nuevos disfraces, mutar cínicamente, acomodarse sin perder sus beneficios, maquillarse; ya que todas las leyes, y sus reformas, son armas del sistema.
Cuando defendemos las leyes como arma de transformación social es que, en realidad, estamos defendiendo nuestras cadenas. Queremos hacerlas más bonitas, más livianas, menos pesadas. Engañarnos. Fingir que algo cambia fuera, mientras todo sigue teniendo dueños y continuamos siendo acosados por la economía, obligados a pagar para vivir. Celebrar por una fiesta ajena, celebrar la participación voluntaria de nuestra propia esclavitud, la garantía de vivir en paz dentro de nuestras propias tumbas.
Pero no sólo eso. Cuando defendemos las leyes nos convertimos en piezas útiles para el rompecabezas social, económico y militar de quienes las manejan. Nos colocamos del lado de nuestros enemigos y sus instituciones de aburrimiento burocrático o decidimos barrer a algunos de ellos, únicamente por su condición simbólica y mediática, con sus propias escobas: Estado, Patria y Religión. La verdadera función de todo estado no puede ser otra que mantener el control de la población a través del miedo. La diferencia entre uno fascista y uno democrático es que uno es muy descarado y otro muy hipócrita. Al igual que todos aquellos que los defienden.
5/03/2008
Quiero ser tu víctima.
Víctima de tu seducción, de tus crímenes impúdicos,
de tus mordiscos que me pausan el pulso, o lo aceleran,
que me ponen en estado de emergencia.
Quiero que me dispares con tu saliva,
sentirla deslizándose por toda mi piel.
Que me destruyas sublimemente
con todas las armas posibles
y perdernos en todos los lugares de la ciudad
para extraviarlos, para revolucionarlos.
Que me asfixies con tus besos,
con tu sombra provocativa hecha carne multicolor,
mientras las flores caen sobre mis ojos,
sobre tus alas extendidas.
Víctima de tu seducción, de tus crímenes impúdicos,
de tus mordiscos que me pausan el pulso, o lo aceleran,
que me ponen en estado de emergencia.
Quiero que me dispares con tu saliva,
sentirla deslizándose por toda mi piel.
Que me destruyas sublimemente
con todas las armas posibles
y perdernos en todos los lugares de la ciudad
para extraviarlos, para revolucionarlos.
Que me asfixies con tus besos,
con tu sombra provocativa hecha carne multicolor,
mientras las flores caen sobre mis ojos,
sobre tus alas extendidas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)