10/01/2008

El término “capitalismo feminista” puede sonar doloroso para las feministas que se consideran de izquierda y, más aún, para las que se oponen a las bases del capitalismo. Pero, si se oponen al sistema, deberían abandonar sus intentos de buscar ser aceptadas por él. La lucha contra la discriminación en los empleos, por ejemplo, es la lucha para formar parte de la máquina productiva del sistema, de los patrones, los roles impuestos y la plusvalía; es decir, del capitalismo.

¿Abandonar la casa para estar encerradas en una oficina? ¿Cambiar al marido por el patrón? Esto es lo único que nos pueden ofrecer las reformas laborales. Mejorar las condiciones en los empleos no es otra cosa que mejorar el funcionamiento del sistema, por que ello no cambia su estructura matriz.

Son los derechos y los deberes los que nos oprimen. Ellos son los supuestos beneficios y los mandamientos que nos propone el sistema para mantenernos como peones en su tablero de ajedrez. Y como tampoco queremos ser reyes ni reinas hemos de despojarnos de los caminos trazados por los que el tablero nos exige desplazarnos: la igualdad social es un anhelo suicida. La codicia hacia la esclavitud asalariada a la que están sometidos los “hombres” se hace evidente. Las feministas suponen un colectivo oprimido de nuestra sociedad que desea convivir en asociación íntima con sus propios opresores.

Para recuperar nuestras vidas necesitamos oponer nuestras necesidades a todos los derechos que nos pueda ofrecer este sistema o cualquier otro, esto es actuar prescindiendo del permiso de las instituciones del patriarcado. No necesitamos la protección del estado, por más que su policía nos asegure no tocarnos ni con el pétalo de una rosa.