
12/25/2007
12/22/2007
A medida que vayamos atacando al capital, iremos recuperando nuestra libertad
Aún la mayoría de grupos disidentes viven esperando que un día maravilloso la revolución caiga del cielo, entonces se lo pasan orando y organizando trabajadores por el camino del bien. Pero, los obreros de hoy no son los luchadores de ayer. Obviamente, su función, que es la de producir, para el mantenimiento del capital no ha cambiado. Lo que ha cambiado es la mentalidad del obrero, el sistema se ha encargado de generar una cultura cada vez más sumisa al consumo. Pero no es un consumo de necesidades reales. Ni si quiera la mitad de la producción mundial está destinada a alimentación y vestido. La vida de los trabajadores consiste en presionar teclas de máquinas, conducir aparatos de los que ellos mismos no tienen conciencia plena, esperando la hora de salida para sentarse frente al televisor a ver su programa preferido, acudir a algún bar, supermercado, hospital o centro parroquial, recuperar fuerzas y volver a trabajar. En esas, y más actividades alienantes, ocupa las dos terceras partes de su existencia. El sistema se ha encargado de crear este perfil de trabajador, quien prefiere llegar al trabajo para que le indiquen que hacer, que no, y finalmente obedecer al patrón.
La única “lucha” que los trabajadores de hoy asumen es la de tener que trabajar. Y la finalidad de esta es la de conseguir poder económico para hacerse de todos los productos que el sistema les obliga a desear y consumir. Esto, claro está, implica trabajar más y “vivir” menos.
¿De qué modo podría atraerle una “revolución” a un trabajador, si, después de todo, su destino va a estar dirigido a tener que seguir trabajando con las mismas máquinas anticuadas, con horarios similares, en la misma fábrica angustiante para tener que “vivir”? Ciertamente, a mi mismo, me parecería absurdo. Los obreros de hoy no sólo temen a la revolución y al cambio, sino que generalmente les aterroriza coger un extenso libro y seguir llenándose la mente de normas e ideologías de comportamiento social. Ellos no quieren cambiar nada, por que creen que son libres, que este mundo es un paraíso y cualquier cambio gratificante, no son las relaciones sociales, sino la implementación de nuevas tecnologías milagrosas y liberadoras.
No pretendo que los obreros se conviertan en nuestros enemigos, definitivamente es más probable que ellos se acerquen a nuestras ideas y prácticas que sus patrones, pero esto se dará cuando tengan en claro que su propia condición en la sociedad actualmente es sinónimo de sumisión y pasividad, por lo que no hay ningún sentido en, por ejemplo, exigir mejoras laborales al patrón por medio del sindicato. Lo cierto es que si queremos cambiar el actual orden de las cosas, debemos dejar de esperanzarnos en terceras personas y empezar a actuar según nuestra voluntad.
Si sabemos que le damos de comer a la burguesía, pedirle migajas nos convierte en esclavos con beneficios. Y la celda cada vez que es más cómoda, se hace más fuerte. De esto ya se encarga hoy el capitalismo por medio del aburrimiento teórico y demagógico del que se encargan los imponentes líderes izquierdistas y sindicatos que pasean rutinariamente todos los primero de mayo. Pero si, por el contrario, queremos que el poder y todos los que lo defienden caiga, que el sistema colapse de una buena vez, necesitamos dejar de producir. Dejar de mantener a los amos, y dedicarnos a hacer de nuestras vidas lo que nos plazca, es el real camino de liberación. Sin embargo no sólo basta con dejar de producir, sino que también es necesario atacar la propiedad del capital y destruir los medios de producción que son los pilares de los que se apoya el sistema. El capitalismo sin capital, sin trabajo no funciona, como no funcionan los policías sin sus pistolas, carros, comisarías y cárceles. Así que, a medida que vayamos atacando al capital, iremos recuperando nuestra libertad.
¡Ya es hora de que toda la energía humana que se desperdicia engrasando máquinas se utilice en función a los deseos reales de cada quien!
¿Y entonces, qué nos queda por hacer? Básicamente, dos cosas que, en realidad, no sólo son complementarias, sino cada una tiene un poco de la otra. Incitar el caos y hacer el caos. ¿Qué es el caos? Pues, la alteración del orden impuesto, el que nos oprime en cada segundo de nuestras vidas. El caos es el fluir natural de todo, un espacio en el que la libertad pasa de ser un eterno sueño a una pesadilla para quienes la impiden, una realidad en una situación concreta.
Si el estado cumple la función de controlar la forma de vida que tenemos hoy por hoy, la mejor forma de atacarlo no es reemplazarlo por un nuevo poder, sino precisamente, empezar a ser nosotros quienes controlemos nuestras vidas. No tenemos que pedirle permiso a ninguna organización para empezar a generar la anarquía, se trata de ponernos de acuerdo con quienes más nos sintamos a gusto, en quienes más confiemos y pasar a la acción en momentos imprevistos. Atacar al enemigo por sorpresa, por la retaguardia. La ideología de la subversión puede estorbar. Es el momento de enseñar y aprender con la práctica. La autoorganización es útil, pero no lo es si nos pasamos la vida entera intentando organizarnos e intentando organizar a otros, en lugar de desorganizar al sistema. Cada golpe concreto, cada pequeña revuelta, cada respiro que damos será lo que nos permita mantenernos de pie.
A medida que vamos atacando y destruyendo lo que nos impide ser nosotros mismos, nos vamos creando pasionalmente. La revolución no debe ser un Dios, ante la que todos se arrodillan, alaban con devoción y especulan, pero que nadie conoce. La revolución no debe ser algo separado de nuestras propias vidas, debe ser la unificación de nuestro pensamiento y nuestras acciones en todo momento, en todo lugar y con todo aquel que compartamos alguna experiencia (familiar, laboral, sexual, etc.).
No existe un manual anárquico, ni un método definido y único de hacer anarquía o acabar con todo aquello que la imposibilita, esto no es un reflejo de poca creatividad, sino de diversidad; pues existen muchos métodos, aplicables o no, pero métodos al fin y al cabo. Yo entiendo por anarquismo, al conjunto de todos estos. El anarquismo es entonces una construcción de los anarquistas, no algo separado de ellos. Sin embargo, la anarquía es la destrucción de cualquier límite y esto lo puede realizar cualquier persona sin idea alguna de lo que es el anarquismo. Esto, para mí, es lo más valioso. Actuar sin ninguna idea preconcebida. No se trata de luchar, como algún sacrificio o algo separado de nuestras vidas, se trata de vivir. Y vivir implica realizarse según las necesidades respetando y dejando que todos los seres vivos también puedan realizarse por si mismos. Vivir significa, no tolerar las imposiciones de otros y acabar con la autoridad del modo que sea necesario. Esto, a diferencia de la crítica de Engels al anarquismo, argumentando una analogía entre revolución y autoridad, para nosotros es simplemente un acto de supervivencia, dar un paso más en nuestra vida. Para ellos es necesaria la autoridad, para nosotros no. Y esto quiere decir que tampoco hemos de tolerarla.
La única “lucha” que los trabajadores de hoy asumen es la de tener que trabajar. Y la finalidad de esta es la de conseguir poder económico para hacerse de todos los productos que el sistema les obliga a desear y consumir. Esto, claro está, implica trabajar más y “vivir” menos.
¿De qué modo podría atraerle una “revolución” a un trabajador, si, después de todo, su destino va a estar dirigido a tener que seguir trabajando con las mismas máquinas anticuadas, con horarios similares, en la misma fábrica angustiante para tener que “vivir”? Ciertamente, a mi mismo, me parecería absurdo. Los obreros de hoy no sólo temen a la revolución y al cambio, sino que generalmente les aterroriza coger un extenso libro y seguir llenándose la mente de normas e ideologías de comportamiento social. Ellos no quieren cambiar nada, por que creen que son libres, que este mundo es un paraíso y cualquier cambio gratificante, no son las relaciones sociales, sino la implementación de nuevas tecnologías milagrosas y liberadoras.
No pretendo que los obreros se conviertan en nuestros enemigos, definitivamente es más probable que ellos se acerquen a nuestras ideas y prácticas que sus patrones, pero esto se dará cuando tengan en claro que su propia condición en la sociedad actualmente es sinónimo de sumisión y pasividad, por lo que no hay ningún sentido en, por ejemplo, exigir mejoras laborales al patrón por medio del sindicato. Lo cierto es que si queremos cambiar el actual orden de las cosas, debemos dejar de esperanzarnos en terceras personas y empezar a actuar según nuestra voluntad.
Si sabemos que le damos de comer a la burguesía, pedirle migajas nos convierte en esclavos con beneficios. Y la celda cada vez que es más cómoda, se hace más fuerte. De esto ya se encarga hoy el capitalismo por medio del aburrimiento teórico y demagógico del que se encargan los imponentes líderes izquierdistas y sindicatos que pasean rutinariamente todos los primero de mayo. Pero si, por el contrario, queremos que el poder y todos los que lo defienden caiga, que el sistema colapse de una buena vez, necesitamos dejar de producir. Dejar de mantener a los amos, y dedicarnos a hacer de nuestras vidas lo que nos plazca, es el real camino de liberación. Sin embargo no sólo basta con dejar de producir, sino que también es necesario atacar la propiedad del capital y destruir los medios de producción que son los pilares de los que se apoya el sistema. El capitalismo sin capital, sin trabajo no funciona, como no funcionan los policías sin sus pistolas, carros, comisarías y cárceles. Así que, a medida que vayamos atacando al capital, iremos recuperando nuestra libertad.
¡Ya es hora de que toda la energía humana que se desperdicia engrasando máquinas se utilice en función a los deseos reales de cada quien!
¿Y entonces, qué nos queda por hacer? Básicamente, dos cosas que, en realidad, no sólo son complementarias, sino cada una tiene un poco de la otra. Incitar el caos y hacer el caos. ¿Qué es el caos? Pues, la alteración del orden impuesto, el que nos oprime en cada segundo de nuestras vidas. El caos es el fluir natural de todo, un espacio en el que la libertad pasa de ser un eterno sueño a una pesadilla para quienes la impiden, una realidad en una situación concreta.
Si el estado cumple la función de controlar la forma de vida que tenemos hoy por hoy, la mejor forma de atacarlo no es reemplazarlo por un nuevo poder, sino precisamente, empezar a ser nosotros quienes controlemos nuestras vidas. No tenemos que pedirle permiso a ninguna organización para empezar a generar la anarquía, se trata de ponernos de acuerdo con quienes más nos sintamos a gusto, en quienes más confiemos y pasar a la acción en momentos imprevistos. Atacar al enemigo por sorpresa, por la retaguardia. La ideología de la subversión puede estorbar. Es el momento de enseñar y aprender con la práctica. La autoorganización es útil, pero no lo es si nos pasamos la vida entera intentando organizarnos e intentando organizar a otros, en lugar de desorganizar al sistema. Cada golpe concreto, cada pequeña revuelta, cada respiro que damos será lo que nos permita mantenernos de pie.
A medida que vamos atacando y destruyendo lo que nos impide ser nosotros mismos, nos vamos creando pasionalmente. La revolución no debe ser un Dios, ante la que todos se arrodillan, alaban con devoción y especulan, pero que nadie conoce. La revolución no debe ser algo separado de nuestras propias vidas, debe ser la unificación de nuestro pensamiento y nuestras acciones en todo momento, en todo lugar y con todo aquel que compartamos alguna experiencia (familiar, laboral, sexual, etc.).
No existe un manual anárquico, ni un método definido y único de hacer anarquía o acabar con todo aquello que la imposibilita, esto no es un reflejo de poca creatividad, sino de diversidad; pues existen muchos métodos, aplicables o no, pero métodos al fin y al cabo. Yo entiendo por anarquismo, al conjunto de todos estos. El anarquismo es entonces una construcción de los anarquistas, no algo separado de ellos. Sin embargo, la anarquía es la destrucción de cualquier límite y esto lo puede realizar cualquier persona sin idea alguna de lo que es el anarquismo. Esto, para mí, es lo más valioso. Actuar sin ninguna idea preconcebida. No se trata de luchar, como algún sacrificio o algo separado de nuestras vidas, se trata de vivir. Y vivir implica realizarse según las necesidades respetando y dejando que todos los seres vivos también puedan realizarse por si mismos. Vivir significa, no tolerar las imposiciones de otros y acabar con la autoridad del modo que sea necesario. Esto, a diferencia de la crítica de Engels al anarquismo, argumentando una analogía entre revolución y autoridad, para nosotros es simplemente un acto de supervivencia, dar un paso más en nuestra vida. Para ellos es necesaria la autoridad, para nosotros no. Y esto quiere decir que tampoco hemos de tolerarla.
12/14/2007
Nadie dice Nada, Nadie sabe.
O tal vez si.
Tal vez Alguien sea Nadie, o talvez realmente Nadie sea Nadie.
Pero, ¿qué importa? Si Nadie sabe.
Nadie sabe, efectivamente, eso debería (no) importar.
Todo lo que no debería importar se ve reducido a Nada.
Nada de lo que debería importar, para nosotros lo es Todo.
Nosotros somos Nada, por que queremos Todo.
Todo es Nada de lo que este mundo nos podría ofrecer.
No deberíamos ser Nadie, pero lo somos cuando dejamos de ser Alguien. Lo cierto es que Nadie sabe, por que Nadie dice Nada. Y cuando Alguien dice Nada, Nadie miente.
O tal vez si.
Tal vez Alguien sea Nadie, o talvez realmente Nadie sea Nadie.
Pero, ¿qué importa? Si Nadie sabe.
Nadie sabe, efectivamente, eso debería (no) importar.
Todo lo que no debería importar se ve reducido a Nada.
Nada de lo que debería importar, para nosotros lo es Todo.
Nosotros somos Nada, por que queremos Todo.
Todo es Nada de lo que este mundo nos podría ofrecer.
No deberíamos ser Nadie, pero lo somos cuando dejamos de ser Alguien. Lo cierto es que Nadie sabe, por que Nadie dice Nada. Y cuando Alguien dice Nada, Nadie miente.
Charla púrpura
Sefora: yaa
Sefora: ¿qué edad tienes?
I-ríe: Ninguna que diga algo de mi.
Sefora: ¿a qué te refieres?
I-ríe: A que no creo en la linealidad del tiempo.
Sefora: ¿puedes ser mas especifico? ¡Pero especifica!
I-ríe: ...Y que, sin ánimo de ofender, encuentro muy vacía la pregunta por el tiempo de vida. Tanto como cuando me preguntan por el sexo, por ejemplo.
Sefora: Estás inspirado. Dejame coger el hilo de tus palabras.
I-ríe: Son características, que me parecen no determinan en nada a las personas. Útiles digamos que para un documento de identidad.
Sefora: Ya. ¿Qué lees?
I-ríe: A tí.
Sefora: Jaja.. A mi..?
I-ríe: Ahora mismo.
Sefora: No hay mucho en las letras de mi. Creo que de mi solo recuerdos. Queda..
I-ríe: Desde hoy vengo leyéndote, no tengo mayor recuerdo de algún pasado..
Sefora: ..sólo una rosa seca.
I-ríe: Pero, la primavera se aproxima. ¡Ánimo!
Sefora: Espero que florescan los amarantos.
I-ríe: Y yo, unas zetas. Aunque no las conozco, ellas mismas verán cuando lo deséen.
Sefora: Supongo que tienen libertad de hacerlo. Pero no te desesperas por que no lo haces...
I-ríe: La libertad de ellas, a mi me me hace libre, también.
Sefora: Supongo que si. Estoy aprendiendo ello. A experiementar la libertad feliz, a pesar de que siempre me esclavizo.
I-ríe: Bueno, ciertamente, el peligro no es algo invisible. Pero, ha tener cuidado con la comodidad esclavizante... ¡es la peor!
Sefora: Eso, tambien lo es. Lo se yo, más que nunca. Pero, por lo general, solo quiero ver los nunufares... sobre el agua.
I-ríe: Bueno.. a mi me agradan más los champusones salvajes, pero reconozco lo agradable que es también la contemplación.
Sefora: Sabes, es el momento de irme. Pero, sabes.. nunca habia experimentado tanta calma. Y eso me agrada. Por lo general vivo en los infiernos. Ha sido bueno encontrarte V, mi V de Venganza.
Sefora: yaa
Sefora: ¿qué edad tienes?
I-ríe: Ninguna que diga algo de mi.
Sefora: ¿a qué te refieres?
I-ríe: A que no creo en la linealidad del tiempo.
Sefora: ¿puedes ser mas especifico? ¡Pero especifica!
I-ríe: ...Y que, sin ánimo de ofender, encuentro muy vacía la pregunta por el tiempo de vida. Tanto como cuando me preguntan por el sexo, por ejemplo.
Sefora: Estás inspirado. Dejame coger el hilo de tus palabras.
I-ríe: Son características, que me parecen no determinan en nada a las personas. Útiles digamos que para un documento de identidad.
Sefora: Ya. ¿Qué lees?
I-ríe: A tí.
Sefora: Jaja.. A mi..?
I-ríe: Ahora mismo.
Sefora: No hay mucho en las letras de mi. Creo que de mi solo recuerdos. Queda..
I-ríe: Desde hoy vengo leyéndote, no tengo mayor recuerdo de algún pasado..
Sefora: ..sólo una rosa seca.
I-ríe: Pero, la primavera se aproxima. ¡Ánimo!
Sefora: Espero que florescan los amarantos.
I-ríe: Y yo, unas zetas. Aunque no las conozco, ellas mismas verán cuando lo deséen.
Sefora: Supongo que tienen libertad de hacerlo. Pero no te desesperas por que no lo haces...
I-ríe: La libertad de ellas, a mi me me hace libre, también.
Sefora: Supongo que si. Estoy aprendiendo ello. A experiementar la libertad feliz, a pesar de que siempre me esclavizo.
I-ríe: Bueno, ciertamente, el peligro no es algo invisible. Pero, ha tener cuidado con la comodidad esclavizante... ¡es la peor!
Sefora: Eso, tambien lo es. Lo se yo, más que nunca. Pero, por lo general, solo quiero ver los nunufares... sobre el agua.
I-ríe: Bueno.. a mi me agradan más los champusones salvajes, pero reconozco lo agradable que es también la contemplación.
Sefora: Sabes, es el momento de irme. Pero, sabes.. nunca habia experimentado tanta calma. Y eso me agrada. Por lo general vivo en los infiernos. Ha sido bueno encontrarte V, mi V de Venganza.
12/09/2007
He de saludarte como comúnmente lo he hecho. Con un gran mordisco en la nariz de payaso, la que sueles llevar mientras tomas y te divorcias de las calles de la ciudad, y otro en los párpados con los que gestualizas tan carismáticamente mientras nos cosquilleamos y reímos sin descansar debajo de un poste, dentro de una comisaría o en un barril de basura…
O ¿quién sabe? Quizás sólo haga falta una sonrisa mental. Quizás sólo necesitemos un maullido silencioso. O un incontenible salto y caída al charco mientras la lluvia se desliza alegremente, mientras nos reímos de los estresantes destinos de los humanoides plastificados transportados en cápsulas móviles o, temerosos, con paraguas y demás protectores en mano.
La verdad es que siento que no es del todo útil escribirte cosas como esta. No por lo extensas que puedan resultar, sino por que son nada, en comparación de todo lo que deseo realizar. Ambos sabemos, y sabemos bien, que preferiríamos comunicarnos fuera de todo tipo de lenguajes parametrados y códigos lingüísticos establecidos. Lo nuestro esta fuera de las simples palabras, nosotros queremos la muerte al culto simbólico. No somos compatibles con esta forma de comunicación tan reducida, y finalmente, tan poco vivida. Pero, bueno, hemos de serenarnos un poco. Total, el lenguaje ya está muerto de por si, y pronto nos encontraremos, volveremos a hallarnos en tu caja de sueños. La única caja que destruye cualquier aparente límite, cualquier pared.
Y, después de todo el protocolo, no sé. Nadie sabe. ¿Qué sucederá? ¿Qué nos espera? ¿Cuándo nos encontraremos otra vez? A veces me respondo. No, en realidad, me pregunto: “¿Qué queremos que suceda? ¿Qué esperamos? ¿Nos hemos perdido, acaso?”.
Sonrisa como respuesta.
O ¿quién sabe? Nadie. Nadie lo sabe. Esa es mi única esperanza: lo impredecible.
O ¿quién sabe? Quizás sólo haga falta una sonrisa mental. Quizás sólo necesitemos un maullido silencioso. O un incontenible salto y caída al charco mientras la lluvia se desliza alegremente, mientras nos reímos de los estresantes destinos de los humanoides plastificados transportados en cápsulas móviles o, temerosos, con paraguas y demás protectores en mano.
La verdad es que siento que no es del todo útil escribirte cosas como esta. No por lo extensas que puedan resultar, sino por que son nada, en comparación de todo lo que deseo realizar. Ambos sabemos, y sabemos bien, que preferiríamos comunicarnos fuera de todo tipo de lenguajes parametrados y códigos lingüísticos establecidos. Lo nuestro esta fuera de las simples palabras, nosotros queremos la muerte al culto simbólico. No somos compatibles con esta forma de comunicación tan reducida, y finalmente, tan poco vivida. Pero, bueno, hemos de serenarnos un poco. Total, el lenguaje ya está muerto de por si, y pronto nos encontraremos, volveremos a hallarnos en tu caja de sueños. La única caja que destruye cualquier aparente límite, cualquier pared.
Y, después de todo el protocolo, no sé. Nadie sabe. ¿Qué sucederá? ¿Qué nos espera? ¿Cuándo nos encontraremos otra vez? A veces me respondo. No, en realidad, me pregunto: “¿Qué queremos que suceda? ¿Qué esperamos? ¿Nos hemos perdido, acaso?”.
Sonrisa como respuesta.
O ¿quién sabe? Nadie. Nadie lo sabe. Esa es mi única esperanza: lo impredecible.
12/01/2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




