La naturaleza es vengativaMe alegra que la gente llore. El llanto es la verdadera esperanza de los seres humanos. Llorar es demostrar sincera sensibilidad hacia una realidad contextual o, como suele sucederme a veces y que posiblemente sea más doloroso, ante una realidad imaginaria y profundamente personal. La gente no llora todos los días, y difícilmente los terremotos ofrecen compañía a ciudades como Lima. Miles de muros de cemento que sostenían frías casas de estériles dimensiones cuadradas han colapsado, y no lo niego, eso también me alegra. Me alegra que la naturaleza demuestre, por sí misma, que es vengativa. Que la ciudad se vea derrumbada no es cuestión de autoridad, sino de justicia.
La ciudad es una especie de cementerio que desea convertir a la naturaleza en tumba y los ciudadanos no hacen más que adornarla con epitafios publicitarios. Pero, la naturaleza es capaz de desatar su venganza y romper el cemento para demostrarle a los seres humanos que los únicos que han dejado de vivir son ellos.
El cemento es la opresión de lo muerto sobre lo vivo. La propiedad será la mayor de las ironías cuando nos toque desaparecer y no nos llevemos ni el cuerpo, ni toda la mierda de construcciones que afirman el progreso de la civilización. Construcciones muertas, construcciones de opresión, construcciones de explotación. ¿Construcciones? Construcciones que destruyen el equilibrio natural, pero finalmente cuando Madre Tierra rompa las cadenas de la domesticación, la venganza será cobrada.
La naturaleza es vida. Venganza es justicia. Necesitamos que ambas rieguen una lágrima de amor sobre la humanidad, no para partirla en llanto, sino para que avive la esperanza, para desempolvar piedras y martillos y que la guerra sea desatada.No me alegra que la gente muera, me alegra que los muros caigan. Los muros no aman, los muros no sienten, no lloran, no sonríen, tampoco dan besos.
Y cuando una niña lloré la muerte de su padre, tras un terremoto, le diré que la naturaleza no es asesina, pero que los muros de cemento sí.